A la conquista de un imperio

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—Sí, señor —contestó el conductor, yendo rápidamente hacia la escala y deslizándose hasta el suelo.

Dio una vuelta en torno al paquidermo, observándolo atentamente, y se detuvo junto a la pata posterior izquierda.

—¿Y bien? —preguntó Tremal-Naik.

—Sangra por aquí, señor —contestó el cornaca—. Ha recibido una bala cerca de la articulación.

—¿Te parece grave la herida?

El conductor sacudió repetidamente la cabeza; después dijo:

—Durará mientras pueda. Estos colosos poseen una fuerza prodigiosa; pero son de una sensibilidad exagerada y difícilmente se curan.

—¿Puedes hacer un vendaje?

—Lo intentaré, señor; por lo menos para detener la sangre. Extraer el proyectil, que se ha metido debajo de la piel, sería imposible.

—Date prisa.

En aquel momento, regresaban Sambigliong y su grupo.

—¿Han huido? —preguntó Sandokán.

—Han desaparecido de nuevo.

—¡Canallas! No tienen valor para hacernos frente en campo abierto.


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