A la conquista de un imperio

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28. Los montañeses de Sadhja

La noche era espléndida y fresca; se empezaban a notar los fuertes vientos de las no lejanas montañas, que se delineaban majestuosas hacia el Norte, primeros contrafuertes de la imponente cadena del Himalaya.

La luna resplandecía en un cielo purísimo, desprovisto de nubes, entre millares de estrellas que florecían sin cesar y hacía proyectar sombras larguísimas a los altos y tupidos grupos de bambúes.

Un profundo silencio, roto de vez en cuando por el aullido monótono y triste de algún chacal hambriento o por el chillido agudo de algún flying-fox, reinaba en la inmensa llanura.

Parecía que tigres, panteras y serpientes —animales que abundan en las junglas indias— no habían abandonado aún sus cubiles para empezar la caza.

Kammamuri y Sambigliong, sentados cerca de una hoguera, fumaban e intercambiaban de vez en cuando algunas palabras, mientras los dayaks paseaban silenciosamente tras la improvisada muralla, alimentando de vez en cuando el fuego.

Hacía un par de horas que velaban sin observar nada de extraordinario, cuando oyeron alzarse en la jungla un endiablado griterío, como si centenares de perros salvajes irrumpieran a través de los matorrales.

—¿Qué sucede ahí? —se preguntó Sambigliong levantándose.


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