A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Los perros habrán descubierto algún nilgai y estarán tratando de cazarlo —contestó Kammamuri.
—¿O tal vez quieren atacarnos?
—No son peligrosos.
—¿No oyes que sus ladridos son cada vez más agudos? Parece que se aproximan.
Iba a responder Kammamuri, cuando en la jungla resonó un disparo de fusil, que hizo callar en seguida a la aullante manada.
—¡Ah! Esto sà es más peligroso que los perros —rezongó el maharato.
El disparo se habÃa oÃdo incluso dentro de las tiendas, haciendo precipitarse fuera a Sandokán y Tremal-Naik y despertando a todos sus hombres y a los elefantes.
—¿Quién ha disparado? —preguntó el Tigre de Malasia.
—Ninguno de nosotros, jefe —contestó Kammamuri.
—¿Nos habrán alcanzado los assameses?
—Yo creo más bien que se trata de algún caminante que se defiende de los perros salvajes.
—¡Hum! —exclamó Tremal-Naik—. ¿Quién se atreverÃa a internarse en la jungla solo y de noche? Te equivocas, mi buen Kammamuri.
Prestaron atención, pero no oyeron ningún otro disparo. Tampoco los perros volvieron a aullar.