A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Aún no habían transcurrido los cinco minutos y ya los, elefantes estaban dispuestos a partir, aunque demostraban su malhumor con sordos bramidos y con un alzar y bajar de orejas.
Dayaks, malayos y prisioneros estaban ya en sus puestos, unos dentro de las cajas, otros sobre los anchos lomos de los paquidermos, sujetándose con fuerza a las cuerdas.
Sandokán y sus compañeros, tras hacer una breve incursión sin descubrir nada sospechoso, se apresuraron a su vez a subir al elefante-guía, que era el único que se mantenía tranquilo.
—¿Estamos dispuestos? —preguntó Sandokán, una vez se hubo acomodado en la caja, junto a Surama.
—¡Todos! —contestaron a una los hombres.
—¡En marcha!
Los elefantes, como si hubieran comprendido que un grave peligro amenazaba a sus conductores, habían cesado de bramar, emprendiendo un verdadero galope, tan rápido que un buen caballo lo hubiera sostenido con dificultad. Viendo aquellas enormes masas, que tienen algo de antidiluviano, se creería que son muy lentos, cuando por el contrario poseen una extraordinaria agilidad y una resistencia increíbles, que les permiten competir, sin desventaja, con los mahari, los famosos camellos corredores del desierto del Sahara.