A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Apenas habían tomado impulso, un grito de rabia y angustia escapó de todos los labios.
A derecha e izquierda del camino tomado por los paquidermos, los bambúes y las hierbas secas, requemadas por el sol, empezaron a arder, como obedeciendo a una señal convenida.
—¡Me esperaba esta mala pasada! —exclamó Sandokán—. ¡Cornacas! ¡Apresurad la carrera o moriremos todos abrasados!
Sin esperar la orden, los conductores, viendo que el fuego se propagaba con increíble rapidez, habían cogido sus pinchos y los dejaban caer violentamente sobre las cabezas de los elefantes, al tiempo que lanzaban estridentes silbidos.
Llamaradas inmensas empezaban ya a alzarse, amenazando con encerrar a los fugitivos en un cerco de fuego.
Los hombres de Sandokán disparaban a diestro y siniestro, mientras los elefantes, aterrorizados, redoblaban su impulso, bramando de forma espantosa y hundiendo, como monstruosas catapultas, todos los matorrales que encontraban a su paso.
La rapidísima fuga tenía algo de espantoso y al mismo tiempo de fantástico.
Empezaron a caer chispas sobre los elefantes y sobre las personas que transportaban. Sandokán se apoderó de una manta y la echó sobre Surama, envolviéndola por completo, mientras Tremal-Naik gritaba a los demás: