A la conquista de un imperio

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—¡Deshaced los paquetes de mantas y colchones! Cubríos y resguardad las grupas de los elefantes.

La orden se cumplió en seguida y apenas a tiempo, porque las dos líneas de fuego, ya gigantescas, iban a unirse y a cerrar por completo la retirada.

—¡Dirígete al río, cornaca! —ordenó Sandokán, que incluso en aquellos momentos conservaba toda la calma de gran capitán—. ¡Allí está nuestra salvación! Echa esta manta por la cabeza del elefante y véndale los ojos. ¡Vosotros haced otro tanto! ¡Ánimo, y a través del fuego!

Los paquidermos, asustados al verse ante aquellas cortinas llameantes, parecían vacilar sobre si seguir la carrera. Pero cuando se sintieron envolver la cabeza, con las mantas y cortinas, se lanzaron locamente hacia delante, presa de mayor espanto y produciendo terribles clamores.

Las dos cortinas de fuego distaban pocos metros una de otra. Medio minuto más y se hubieran juntado. Chispas, cenizas ardientes, hojas encendidas caían por todas partes, y el aire iba a volverse irrespirable de un instante a otro.

Los cinco elefantes llegaron como un huracán al punto en que las dos líneas de llamas iban a unirse, y atravesaron el resquicio con ímpetu de proyectiles y redoblando sus clamores.


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