A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Te acepto desde ahora —contestó el Tigre de Malasia.
—Y yo —intervino Surama— pondré a tu disposición todos los tesoros del Assam y todos los sikhs.
—Gracias, muchacha, pero a todo eso prefiero a Yáñez, mi genio bueno. El prÃncipe consorte podrá ausentarse un par de meses.
—Y doce si quieres.
Los elefantes, aún asustados por los resplandores del incendio, proseguÃan su rapidÃsima carrera, jadeando y dando tales sacudidas a las cajas, que las personas que las ocupaban caÃan, de vez en cuando, en brazos unas de otras.
La jungla se extendÃa a lo largo de la orilla derecha del Brahmaputra, pero poco a poco tendÃa a cambiar.
Los bambúes desaparecÃan, dejando paso a altas gramÃneas, a rápidas matas, a mangos que formaban soberbios grupos, a los taras y a las latanias. Sin embargo, seguÃa siendo una región sin poblados, sin cabañas, porque a los indios no les gusta habitar donde imperan los tigres, los rinocerontes, las panteras y las serpientes de mordedura fatal.
Aquella carrera velocÃsima duró hasta las diez de la mañana; entonces Sandokán, viendo que los paquidermos disminuÃan la marcha, dio señal de parada.