A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Ya no había nada que temer por parte de los assameses. Aunque hubieran tenido caballos de buena raza, no hubieran podido rivalizar con aquellos colosos, que durante cinco o seis horas habían mantenido una velocidad absolutamente extraordinaria.
La parada se prolongó hasta las cuatro de la tarde; después los elefantes reemprendieron la marcha de buen humor, sin necesidad de ser azuzados por sus conductores, ya que durante el reposo habían encontrado una abundante provisión de Typha y de ramas de bâr (Ficus indica,) el alimento que prefieren a todos los demás, cuando no encuentran hojas de pipal (Ficus religiosa).
A medianoche seguían aún caminando, avanzando hacia las ya cercanas cadenas de montañas en las que habitaban los súbditos del difunto Mahur, el padre de Surama.
Las junglas habían desaparecido poco a poco para dejar paso a llanuras onduladas, cubiertas de grupos de árboles, a cuya sombra se sucedían ya pueblecillos, rodeados de arrozales.
Se hizo una nueva parada que se prolongó hasta las siete de la mañana; entonces los incansables elefantes reemprendieron el camino, dirigiéndose hacia el Nordeste, donde ya se delineaban algunas cadenas de montañas altísimas, cubiertas por inmensas selvas.