A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Al dÃa siguiente —tras dos etapas más—, los elefantes, ágiles y rápidos, empezaban a subir los primeros escalones de aquellas boscosas cadenas, que se alzaban gradualmente.
La región empezaba a poblarse. De vez en cuando, aparecÃan en los declives minúsculos pueblecillos, en medio de tupidos grupos de mangos y de estupendos tamarindos.
—Aquà están los súbditos de mi padre —decÃa Surama con un suspiro—. Cuando sepan que la hija del antiguo jefe de los kotteris ha vuelto después de tantos años, no le negarán su apoyo.
—Eso espero —contestó Sandokán.
Aquella noche plantaron su campamento en medio del espeso bosque y no hubo noche más tranquila que aquella, ya que en las montañas no abundan ni perros salvajes ni chacales, y son más bien raros los tigres, que prefieren el clima húmedo y cálido de las junglas.
Bindar se ocupó de tocar diana —ya que poseÃa un ramsinga de cobre— a las cuatro de la mañana. Todos deseaban reposar aquella noche en Sadhja, antigua residencia del jefe de los kotteris.