A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Los elefantes —bien reposados y nutridos, porque habÃan encontrado banianos que saquear— reemprendieron alegremente la marcha, bordeando una enorme quebrada en cuyo fondo rumoreaba el Brahmaputra, que tal vez después de una labor de millares y millares de años se habÃa abierto un paso entre aquellas montañas para llegar al sagrado Ganges y verter sus aguas en el golfo de Bengala.
Aunque las pendientes fueran fangosas, los elefantes avanzaron rápidamente, demostrando una vez más su increÃble resistencia y su agilidad extraordinaria.
Hacia el atardecer, la caravana, después de superar otras montañas altÃsimas, con abundantes bosques —porque la vegetación de la India no acaba sino donde empiezan las nieves y los glaciares— entró finalmente en Sadhja, la capital del pequeño Estado, casi independiente, de los kotteris, los montañeses guerreros más valerosos del Assam.
Bindar condujo a sus jefes a una vasta cabaña, rodeada de un jardÃn, en que habitaba uno de sus parientes.
La cabaña en cuestión se hallaba fuera de las murallas de la ciudad, y por el momento no deseaban despertar la curiosidad de la población.
Ya se aproximaba la noche y la mayor parte de los montañeses estaban en sus casas cenando, por lo que casi nadie prestó atención a la llegada de la caravana.