A la conquista de un imperio

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Dos viejos indios, parientes del joven, acogieron cortésmente a los huéspedes recomendados por su sobrino, poniendo a su disposición cuantas provisiones poseían.

—Cenad sin preocuparos de mí —dijo Bindar—, y consideraos como en vuestra casa. Yo voy a avisar a Khampur de vuestra llegada.

—¿Cómo acogerá la noticia? —preguntó Sandokán, que parecía algo pensativo.

—Khampur era un devoto amigo de Mahur, el gran jefe de les kotteris guerreros, y se sentirá dichoso de ver a la hija del valiente montañés. Además, sé que odia mortalmente a Sindhia y que no le ha perdonado nunca el que vendiera como una miserable esclava a la última princesa de Sadhja.

Dicho esto, el excelente muchacho salió en dirección a la ciudad, después de coger, tal vez en un exceso de precaución, su carabina.

Sandokán se dirigió al jefe de los sikhs, sentado frente a él y le preguntó:

—¿Puedo contar realmente con la fidelidad de tus hombres?

—Siempre, sahib —contestó el demjadar—. Cuando tú lo desees, desplegarán tu bandera, si la tienes, y abrirán fuego contra el palacio real.


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