A la conquista de un imperio

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—Tengo mi bandera en el equipaje —contestó Sandokán, con una sonrisa extraña—. Es roja, con tres cabezas de tigre. Los ingleses saben cuánto vale.

—Dámela, y mis hombres la harán ondear ante el rajá.

—Sí, mañana, cuando descendamos el Brahmaputra —contestó Sandokán—. Será la nueva bandera del Assam, ¿verdad, Surama?

—Y yo la conservaré religiosamente, si llego a ser la rahni —dijo la joven princesa—. Así recordaré siempre que debo mi corona a los tigres de Mompracem.

Apenas habían terminado la cena cuando entró Bindar seguido de un indio bien parecido, de unos cuarenta años, vestido como un rico kaltán, o sea con un traje medio oriental, con ancha faja de seda roja llena de pistolones y de distintos tipos de armas blancas.

Era un hombre de estatura imponente, vigoroso como un jungli-kudgia, barbudo como un bandolero de las montañas, con ojos negrísimos y fulgurantes y facciones enérgicas. Nada más verle se comprendía que debía de ser un gran jefe y sobre todo un hombre de acción.

Antes de que Sandokán y sus compañeros pudieran ponerse en pie, fue directamente hacia Surama y se arrodilló ante ella, diciéndole con voz alterada por una profunda emoción.

—¡Salud a la hija del valeroso Mahur! No puedes ser otra.


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