A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio La joven princesa le levantó con un rápido gesto:
—Mi primer ministro no debe permanecer a mis pies, si un dÃa consigo derribar a Sindhia… —dijo.
—¡Yo tu primer ministro… rahni! —exclamó el montañés maravillado.
—Si con la ayuda de estas personas que me rodean, y que por valor valen mil hombres cada una, consigo la corona que me corresponde.
Khampur echó una mirada sobre malayos y dayaks y la detuvo en el Tigre de Malasia.
—Aquel es el jefe, ¿verdad Surama? —preguntó.
—SÃ, un hombre invencible.
—Se nota con sólo mirarlo —contestó el assamés—. Yo entiendo de hombres valerosos y él tiene fuego en los ojos.
—Y también una mano rápida —dijo Sandokán, sonriendo y avanzando hacia el montañés, que parecÃa esperar un buen apretón de manos.
—Tú, sahib, eres un valiente —dijo el montañés— y te doy las gracias por haber recogido y protegido a la hija de mi amigo, el valeroso Mahur. Bindar me lo ha contado todo. ¿Qué puedo hacer yo?, ¿qué es lo que tú quieres? Habla: Khampur está dispuesto a dar su vida, si es necesaria, por la felicidad de Surama.