A la conquista de un imperio

A la conquista de un imperio

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Mientras Khampur escogía a los hombres que debían tomar parte en la peligrosa expedición, Sandokán, Tremal-Naik y Surama, seguidos por malayos y dayaks, bajaban hacia el río, que corría con estruendo entre dos inmensas murallas de granito de más de trescientos metros de altura, en las que los montañeses habían excavado cómodos escalones.

En la orilla, sólidamente ancladas, había una veintena de embarcaciones, entre bangle y poluar, de cincuenta a ochenta toneladas, construidas algo toscamente, pero que podían dar buen resultado.

—Bastarán —dijo Sandokán, tras echar una rápida ojeada a la flotilla—. Cada embarcación puede llevar cómodamente unas cincuenta personas bajo cubierta.

—¿Por qué bajo cubierta? —preguntó Tremal-Naik.

—Hasta Gauhati, debemos pasar por honrados traficantes que van a vender sus mercancías en Bengala —contestó Sandokán—. Quiero llegar a la capital de incógnito y sin despertar sospechas. Si el rajá —o mejor dicho, el griego— supieran lo que proyectamos, reunirían todas las tropas del Assam, cosa que no debe ocurrir. Nuestro golpe de mano debe ser fulminante. Una vez haya caído el rajá, nadie se preocupará de correr en su defensa; el pueblo aceptará sin más los hechos consumados y aclamará a su joven y bella rahni. Es así como se hace la política en tu país, ¿no es cierto?


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