A la conquista de un imperio

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—Tu destino era ser un gran hombre de Estado —contestó Tremal-Naik.

—También Yáñez me lo decía —observó Sandokán, riendo.

Los primeros grupos de montañeses llegaban en aquel momento, precedidos por sus respectivos jefes.

Sandokán dio a sus hombres las órdenes para el embarco.

Ante todo escogió el mejor poluar de la flotilla, armado con seis falconetes, que podía servir muy bien de barco almirante, en especial si lo tripulaban los malayos —hábiles marineros y formidables artilleros— embarcando en él a Surama, Tremal-Naik, Kammamuri y los misioneros.

Hizo falta una hora para que los montañeses embarcaran y se acomodaran de la mejor forma posible bajo les puentes, ya que debían ir escondidos hasta llegar bajo los muros de la capital del rajá, para no despertar la alarma, que podía producir consecuencias incalculables.

A las siete de la mañana, la flotilla levó anclas, descendiendo el Brahmaputra en grupos de tres o cuatro embarcaciones, mezclándose bangle y poluar, porque sólo estos últimos iban armados de falconetes.


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