A la conquista de un imperio

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30. El asalto a Gauhati

A las dos de la madrugada, la flotilla, en buen orden y sin haber sido descubierta, llegaba junto a la islilla en la que se alzaba la pagoda de Karia y echaba anclas en las proximidades del templo subterráneo que había servido de refugio a Sandokán y sus hombres.

En apariencia nadie se había dado cuenta de la llegada de aquella pequeña escuadra, que se preparaba a atacar la capital del Assam.

Sandokán ya había dado órdenes a todos los jefes. Por otra parte, sólo se trataba de sorprender a los centinelas que vigilaban ante las puertas del bastión de Siringar, que era el más próximo, y de dirigirse rápidamente hacia el palacio real, aterrorizando a la población con furiosas descargas.

Sandokán había tomado el mando —junto con Tremal-Naik— de los malayos y dayaks: poco numerosos ciertamente, pero de un valor a toda prueba; Sambigliong se encargaba de dirigir la artillería, formada por una treintena de falconetes; Khampur había dividido a los montañeses en cuatro grupos, de doscientos cincuenta hombres cada uno.

Antes de desembarcar, Sandokán se acercó a Surama y le dijo:


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