A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —No temas, mi joven amiga. Ahora que estoy seguro de que los sikhs están de nuestra parte, no dudo del resultado. No abandones esta embarcación ocurra lo que ocurra. Te dejo una buena guardia que te llevarÃa de nuevo a tus montañas si ocurriera un desastre, lo que no parece probable. Por ahora, espera tranquila mis noticias.
—¿Me enviarás por lo menos al sahib blanco? —preguntó Surama, que parecÃa profundamente conmovida.
—SÃ, cuando todo haya terminado. Yáñez no renunciará a tomar parte en la batalla.
Le estrechó la mano calurosamente y se reunió con su grupo, que formaba la vanguardia de las cuatro columnas montañesas.
—¡Adelante, valientes! —gritó desenvainando la cimitarra—. Los viejos tigres de Mompracem deben abrir el camino a los fuertes guerreros de Sadhja.
Los mil hombres se pusieron en marcha, arrastrando los falconetes, con los que contaban más que nada para asustar a la población y para impresionar al rajá y a su corte, formada sólo por cortesanos y servidores, ya que los sikhs se preparaban a desertar.
Llegado a trescientos pasos de la puerta, que se abrÃa en el bastión de Siringar, Sandokán hizo detenerse a sus hombres y, después de cargar las pistolas, avanzó solo con Tremal-Naik.
—Daremos el golpe nosotros —dijo al bengalÃ.