A la conquista de un imperio

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—¡Adelante! —gritó Sandokán, empuñando de nuevo la cimitarra.

Dayaks y malayos se habían lanzado a una desesperada carrera al oír los disparos, deseosos de ayudar a sus jefes.

Pero ya no era necesario su concurso, porque los cinco o seis hombres que formaban el cuerpo de guardia, huían asustados a todo correr, aullando a voz en grito:

—¡A las armas, ciudadanos! ¡A las armas!

—¡A la carrera, tigres de Mompracem! —urgió Sandokán—. No dejemos a la guarnición el tiempo de organizar la defensa.

Tras asegurarse de que los montañeses de Khampur avanzaban corriendo, llevando a brazo los falconetes para ir más de prisa, se lanzó resueltamente a través del bastión, desembocando en una de las principales vías de Gauhati.

Malayos y dayaks —que ya habían recibido las primeras instrucciones— le seguían, lanzando salvajes clamores y disparando contra las ventanas y las puertas de las casas, para impedir que los habitantes de estas bajaran a la calle y prestaran ayuda a la guarnición. También los montañeses de Khampur, que avanzaban en filas cerradas, iban gritando y disparando.


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