A la conquista de un imperio

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Pero aquella marcha no debía prolongarse mucho. Los guerreros que formaban el cuerpo de guardia, ya habían dado la alarma, y cuando la vanguardia malaya llegó cerca de la plaza del mercado, encontró un numeroso grupo de soldados que le cerraba el camino.

Eran los cipayos del rajá, que tenían su cuartel en aquellos alrededores y se habían apresurado a correr allí con algunas piezas de artillería y medio escuadrón de caballería ligera.

—¡Ya estamos! —gritó Sandokán—. Cerrad las filas y cargad a la desesperada. Hay que pasar.

Aquellos cipayos constituían una tropa excelente, formada por la flor de los guerreros assameses, dura milicia entrenada en las fronteras de Birmania, y por tanto capaz de oponer una larga y tal vez obstinada resistencia.

—¡Bah! —murmuró Sandokán, que conducía valientemente al ataque a sus hombres—; si no ceden, haremos que los sikhs les ataquen por la espalda.

Un fuego vivísimo acogió a los montañeses, que irrumpían en la plaza en filas compactas, causando no pocas bajas entre los atacantes; pero estos, sin impresionarse demasiado, pusieron en batería sus treinta falconetes y, abriendo sus filas, fulminaron a su vez a los cipayos del rajá.


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