A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio La batalla se empeñó con verdadero encarnizamiento por ambas partes. Si los cipayos hubieran estado solos no habrían resistido mucho tiempo aquel fuego infernal, aun disponiendo de algunos cañones.
Pero, por desgracia para los montañeses, llegaban refuerzos de todas partes, atrincherando las calles que desembocaban en la plaza con carros y losas, formando verdaderas barricadas.
Sandokán, que conservaba una admirable sangre fría, comprendió en seguida el peligro que le amenazaba.
—Cada minuto que perdamos aumentará la resistencia —dijo a Tremal-Naik que combatía a su lado—. Forcemos el frente. Una vez derrotados los cipayos, seremos dueños de la ciudad.
Reunió doscientos hombres, puso en cabeza malayos y dayaks y los lanzó al asalto contra las líneas de los cipayos.
A pesar del huracán de fuego, la columna atravesó corriendo la plaza y se abalanzó contra los primeros adversarios, empeñando un terrible combate con arma blanca. Tres veces tuvieron que retroceder los montañeses, dejando en el terreno gran número de hombres, pero al cuarto, ataque, apoyado por una nueva columna mandada por Khampur, consiguieron cortar por la mitad el frente cipayo.