A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Abierto el paso, todo el resto de la tropa atacante avanzó dando sablazos al enemigo, que ya se replegaba en desorden hacia las calles laterales.
—¡Directos a palacio! —gritó Sandokán—. ¡Adelante, valientes montañeses de Sadhja! ¡Adelante, tigres de Mompracem!
Los guerreros assameses, que habÃan bloqueado las calles transversales, viendo huir a los cipayos y temiendo ser sorprendidos por la espalda, abandonaron las barricadas, tal vez para concentrar la defensa en otro lugar.
Los montañeses, al ver libre la calle, empezaron a correr sin dejar de hacer fuego contra puertas y ventanas.
En realidad, ningún habitante de la ciudad se atrevÃa a salir. Las esterillas de cocotero permanecÃan bajas, incluso las de las galerÃas y porches.
Bindar, que habÃa escapado milagrosamente a los disparos de los cipayos a pesar de haber combatido todo el tiempo y valerosamente en primera fila, guiaba a Sandokán y a sus huestes hacia la inmensa plaza en cuyo centro se erguÃa el soberbio palacio del rajá.
Ya iban a irrumpir los montañeses en la última y más ancha calle que llevaba a la plaza, cuando se encontraron ante una serie de barricadas, construidas de cualquier manera, con carros, colchones y bancos de madera cruzados, pero que ofrecÃan una cierta resistencia.