A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Malayos, dayaks y una compañía de montañeses, respondían con unas cuantas descargas y algún disparo de falconete, para probar la resistencia de las trincheras y de sus defensores.
Antes de lanzarse a la acometida final, Sandokán esperó a que sus órdenes se hubieran cumplido, y cuando vio aparecer a los montañeses en galerías y terrazas de las casas más próximas a la primera trinchera, ordenó que se hicieran algunas descargas de falconete.
Aquellas pequeñas piezas de artillería vomitaron tres veces seguidas un verdadero huracán de balas, de una libra de calibre, hundiendo parte de los carros y bancos, y obligando a los defensores de la barricada a replegarse contra los muros de las casas.
Era el momento oportuno de acudir al gran choque.
Sandokán y Tremal-Naik hicieron cerrar filas a las columnas de asalto, y mientras los montañeses que ocupaban las terrazas y galerías les protegían con un fuego violentísimo, dirigido especialmente contra los cipayos que servían los cañones, se lanzaron impetuosos al ataque.
A cien pasos de la barricada, una poderosa descarga de metralla, vomitada por tres cañones colocados a los lados de la barricada, hizo vacilar la columna de ataque, que no obstante se rehizo muy pronto, apretó aún más sus filas y avanzó audazmente, a pesar de haber sufrido graves pérdidas.