A la conquista de un imperio

A la conquista de un imperio

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Por segunda vez recibieron nuevas descargas de metralla; pero los valientes montañeses —animados por el admirable empuje de malayos y dayaks y por los gritos de sus heroicos jefes, que se exponían intrépidamente al fuego, mostrando un absoluto desprecio por su vida— estuvieron muy pronto sobre la barricada, cargando sobre los defensores con sus anchas cimitarras y sus afilados tarwar.

Los cipayos y los guerreros assameses resistieron tenazmente unos minutos, pero después emprendieron la fuga y se refugiaron tras la segunda barricada. Sandokán hizo volver hacia esta los cañones que acababan de conquistar —mucho mejores que sus pequeños falconetes—, mientras una parte de sus hombres hundía con las culatas de sus carabinas, las puertas de las casas para ocupar terrazas y galerías.

Otra columna, compuesta por trescientos hombres al mando de Khampur, corría en ayuda de los vencedores. Aquel numeroso refuerzo se lanzó a su vez, tras unos cuantos cañonazos, al asalto de la nueva trinchera, tras de la cual cipayos y assameses se preparaban a oponer de nuevo una encarnizada resistencia, a pesar de que habían sufrido pérdidas enormes.



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