A la conquista de un imperio

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Los montañeses empezaban a dar muestras de cansancio y no atacaban ya con el ímpetu inicial, un tanto desalentados al encontrarse continuamente con tropas recién llegadas, que no cedían con facilidad a los repetidos ataques.

Pero de repente, en el extremo opuesto de la plaza, en dirección al palacio real y justo a espaldas de las tropas del rajá, se oyeron nutridas descargas de fusil, apoyadas por algunos cañonazos.

Un rugido de alegría escapó de los pechos de los montañeses y de los tigres de Mompracem.

—¡Los sikhs!

En efecto, eran los firmes, los invencibles guerreros del demjadar que acudían en su ayuda y que habían abierto el fuego desde las escalinatas del palacio real.

Los cipayos y los assameses, pasado el primer momento de estupor —porque casi no podían creer semejante traición—, viéndose cogidos entre dos fuegos, emprendieron una precipitada huida, arrojando las armas para correr más aprisa. Trescientos o cuatrocientos, sin embargo, permanecieron en la plaza y depusieron carabinas y cimitarras en señal de rendición.

Sandokán y Tremal-Naik se abalanzaron hacia el demjadar, quien marchaba a la cabeza de su magnífica tropa, acompañado por un hombre vestido de franela blanca que llevaba en la cabeza un salacot de tela con un largo velo azul.


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