A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡Yáñez! —exclamaron ambos, precipitándose entre los brazos abiertos del portugués.
—El mismo que viste y calza —contestó riendo el exmilord. Lástima que haya llegado un poco tarde a tomar parte en la batalla que asegura el trono a mi hermosa Surama; pero hemos tenido bastante que hacer en el palacio real, ¿verdad, mi bravo demjadar?
El jefe de los sikhs hizo un gesto afirmativo.
—¿Y el rajá? —preguntó Sandokán.
—Está en nuestras manos.
—¿Y el griego?
—Se ha defendido como un condenado, ayudado por un manojo de favoritos y canallas dignos de él, y en la lucha ha caÃdo con tres o cuatro balas en el cuerpo.
—¿Muerto?
—¡Por Júpiter! ¡Eran balas de carabina y de buen calibre, mi querido Sandokán…!
—Quizás sea mejor asà —dijo Tremal-Naik—. De todas formas tus malayos han sido vengados.
—Tienes razón —asintió Sandokán—. ¿Está muy furioso el rajá?
—Está medio borracho y creo que no ha llegado a comprender que la corona se le caÃa de la cabeza —contestó Yáñez—. ¿Y dónde está Surama?
—A bordo de uno de nuestros poluar. Le mandaremos aviso en seguida.
—¿Y de dónde has sacado a toda esta gente?