A la conquista de un imperio

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El grupo subió la escalinata principal de palacio y entró en el salón del trono, donde estaban reunidos los ministros y algunos de los más altos dignatarios del Estado.

El rajá estaba semiacostado en su lecho-trono, medio atontado por los licores y el susto. Sin duda, la muerte del griego, su leal aunque pérfido consejero, le había destrozado el alma.

Al ver entrar a Yáñez seguido por todos los demás, bajó del trono y, asumiendo un cierto aire de digna altivez que le infundía el coñac ingerido, le preguntó con voz ronca:

—¿Qué más quieres de mí, milord? ¿La vida acaso?

—Nosotros no somos assameses, alteza —contestó el portugués, quitándose el sombrero y haciendo una reverencia.

—¿Quizás al gobierno inglés le interesan mis riquezas más que mi vida?

—Se engaña, alteza.

—¿Qué quieres decir, milord?

—Que el gobierno inglés no tiene nada que ver en esta revolución, o sublevación, si así quiere llamarla.

El rajá hizo un gesto de estupor.

—Entonces, ¿por cuenta de quién habéis actuado? ¿Quiénes sois? ¿Quién os ha enviado aquí?


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