A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Una muchacha a la que usted conoce muy bien, alteza —contestó Yáñez.
—¡Una muchacha!
—¿Sabe, alteza, quiénes son los guerreros que han vencido a sus tropas? —pregunto Sandokán, adelantándose.
—No.
—Los montañeses de Sadhja. Un grito terrible brotó del pecho del prÃncipe.
—¡Los guerreros de Mahur!
—Asà se llamaba el valiente a quien su hermano mató a traición —continuó Sandokán.
—¡Pero yo no tomé parte en aquel asesinato! —rugió el prÃncipe.
—Eso es cierto —admitió Yáñez—; pero, alteza, no habrá olvidado lo que hizo con la pequeña Surama, la hija de Mahur.
—¡Surama! —balbuceó el prÃncipe, poniéndose lÃvido—. ¡Surama!
—SÃ, alteza. ¿A quién la vendió? ¿Lo recuerda? El rajá permanecÃa mudo, mirando a Yáñez con intenso terror.