A la conquista de un imperio

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—Entonces, alteza, me permitirá recordarle que, en lugar de hacer sentar en el trono, como correspondía por derecho de nacimiento, a aquella muchacha, hija de un gran jefe que era tío suyo, la vendió como miserable esclava a una banda de thugs indios, para que hicieran de ella una bayadera. ¿Lo recuerda ahora?

Tampoco esta vez contestó el rajá. Sus ojos se dilataban cada vez más, como si fueran a saltarle de las órbitas.

—Aquella muchacha —prosiguió el implacable portugués— pidió nuestra ayuda y nosotros, que somos capaces de trastornar al mundo entero, vinimos aquí desde las lejanas regiones de Malasia para sostener sus derechos y, como puede ver, lo hemos conseguido, porque ya no es usted rajá. Es la rahni quien desde este momento reina en Assam.

El príncipe estalló en una risotada aguda, espantosa, que repercutió largamente en la inmensa sala.

—¡La rahni! —exclamó después, siempre riendo—. ¡Ah!… ¡ah!, ¡ah! Mis carabinas…, mis pistolas…, mis elefantes…, quiero casarme con la rahni… ¿Dónde está?… ¿dónde está? ¡Ah! ¡Hela aquí! ¡Bella, bellísima!…

Yáñez, Sandokán y Tremal-Naik se miraron un tanto despavoridos.

—Se ha vuelto loco —dijo el primero.


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