A la conquista de un imperio

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—¡Bah! Hay hospitales en Calcuta —añadió el segundo—. Surama es ahora suficientemente rica como para pagarle una pensión principesca.

Y salieron los tres un poco pensativos, mientras el desgraciado, atacado de repente por una locura furiosa, seguía aullando como un poseso:

—¡Mis carabinas!…, ¡mis pistolas!…, ¡mis elefantes! ¡Quiero casarme con la rahni!

Diez días después de los acontecimientos narrados, cuando ya el desgraciado rajá había sido conducido a Calcuta, con una buena escolta, para ser internado en uno de los mejores establecimientos para locos, y cuando ya todas las ciudades del Assam habían hecho acto de sumisión completa, la bellísima Surama se casaba solemnemente con su amado sahib blanco, cediéndole la mitad de la corona.

—Finalmente felices —les dijo Sandokán, aquella misma noche, mientras una multitud delirante aclamaba a los nuevos soberanos del Assam, y los fuegos artificiales iluminaban fantásticamente la capital—. Ahora me toca a mí procurarme una corona, la misma que llevaba mi padre.

—¿Y cuándo será ese día? —preguntó Yáñez—: Ya sabes que nosotros dos, aunque de distinto color, somos más que hermanos. Habla y yo iré a ayudarte con mis sikhs y, si es preciso, con los montañeses de Sadhja.


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