A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Para aquellos marineros, medio salvajes, habituados a subir a la carrera a los palos de sus navÃos y a caminar como si estuvieran en tierra por las ligeras vergas de sus praos o a encaramarse a los altÃsimos durios de sus selvas, aquello no era más que una simple escalada.
En menos de medio minuto, se encontraban ambos en el alféizar de la ventana, desde donde echaron dos cuerdas, después de asegurarlas a dos barras de hierro que sostenÃan dos jaulas destinadas a contener unas bolas de algodón empapadas en aceite de coco en los momentos de iluminaciones extraordinarias.
—A mà la primera —dijo Sandokán—. Tú la otra cuerda, Tremal-Naik. Y tú, Yáñez, a la retaguardia.
—¡Yo debo conquistar el trono de Surama! —exclamó el portugués.
—Razón de más para conservar la preciosÃsima persona de un futuro rajá —replicó Tremal-Naik, sonriendo—. Los peces gordos no deben exponerse a grandes peligros hasta el último momento.
—¡Id al diablo!
—Nada de eso, lo que haremos es subir al cielo.
—¡Ve al encuentro de Brahma, entonces!