A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Sandokán y Tremal-Naik treparon rápidamente, desapareciendo entre las tinieblas. Cuando les malayos y dayaks vieron que la cuerda se agitaba de nuevo en el vacÃo, empezaron la ascensión, regulada por el portugués.
Entretanto, el Tigre de Malasia y el indio habÃan llegado al alféizar, donde estaban a horcajadas el malayo y el dayak, quienes ya habÃan apagado la luz para que no se pudiera ver a las personas que subÃan.
—¿Habéis oÃdo algo? —preguntó en seguida Sandokán.
—No, amo.
—Veamos si hay algún paso por aquÃ.
—Lo encontraremos sin duda —intervino Tremal-Naik—. Todos los cobron comunican con la pagoda central.
—Encended una antorcha.
El malayo, que llevaba dos sujetas a la faja, obedeció de inmediato.
Sandokán cogió la antorcha, se inclinó casi hasta el suelo, para que la luz no se esparciera demasiado, y dio unos cuantos pasos hacia adelante.
Se hallaban en una minúscula estancia, que tenÃa una puerta de bronce bastante baja y que estaba sólo entornada.
—Supongo que dará a una escalera —murmuró.