A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio La empujó, tratando de no hacer ningún ruido, y se encontró ante un descansillo también minúsculo. Bajo este descendÃa una estrecha escalinata que parecÃa girar sobre sà misma.
—Hasta que suban los demás, exploremos —dijo Tremal-Naik.
—Dejad que os preceda —dijo una voz.
Era Bindar, que se habÃa adelantado a todos los otros.
—¿Conoces el paso? —preguntó Sandokán.
—SÃ, sahib.
—Pasa delante de nosotros, y ten cuidado porque no separaremos los ojos de ti ni un solo instante.
El secuaz de Siva sonrió sin responder.
La escalera era estrechÃsima, tanto que apenas permitÃa el paso de dos personas juntas.
Sandokán y Tremal-Naik, seguidos de los demás —que iban llegando poco a poco a la ventana—, se encontraron muy pronto en un corredor que parecÃa avanzar hacia el centro de la pagoda y descendÃa muy rápidamente.
—¿Estáis todos? —preguntó el pirata, deteniéndose.
—SÃ, y yo también —contestó Yáñez, adelantándose—. Las cuerdas han sido retiradas.