A la conquista de un imperio

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—¡Por Júpiter! —exclamó Yáñez, palideciendo—. ¿Podrían venir aquí esas bestias?

—Sí, si los sacerdotes levantan la reja que da a la galería.

—Nosotros y los señores tigres nos conocemos de antiguo —dijo Sandokán—; pero, en este momento, no me gustaría encontrarme ante ellos. Apresúrate, Bindar.

El grupo se internó en la galería a paso ligero, volviendo la cabeza de vez en cuando, con miedo de ver caérseles encima las cuatro formidables fieras que vigilaban el tesoro del rajá.

A medida que avanzaban, un estruendo, que parecía producido por el chocar de una enorme masa de agua, repercutía en la bóveda, propagándose cada vez más claramente.

Era el Brahmaputra, que rugía en el extremo de la galería.

Hacía unos minutos que duraba aquella precipitada huida, cuando los fugitivos se encontraron de repente en una segunda sala, menos amplia que la primera, excavada en la roca viva y completamente desnuda.

El estruendo producido por el río era entonces intensísimo. Se hubiera dicho que las macizas paredes temblaban bajo los fuertes golpes del gran afluente del Ganges.


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