A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¿Ya estamos? —preguntó Yáñez a Bindar, alzando la voz.
—El rÃo se halla a pocos pasos —contestó el indio.
—¿Es largo el trozo que hay que recorrer bajo el agua?
—Cincuenta o sesenta metros, sahib. Zambúllete sin miedo en el pozo y acabarás en el rÃo. Yo respondo de todo.
Yáñez soltó rápidamente la faja de lana que llevaba en torno a la cintura y la pasó por el aro de metal del cofre que encerraba la piedra de salagram, atándose a los hombros el precioso talismán.
—Ahora al pozo —dijo luego al indio.
Bindar iba a internarse en el último tramo de la galerÃa, cuando se detuvo bruscamente, haciendo un gesto de terror.
—¡Vienen! —exclamó.
—¿Quién? —preguntaron Yáñez y Sandokán.
—Los tigres.
—Yo no he oÃdo nada —dijo el portugués.
—Mirad hacia la galerÃa que hemos atravesado.
Todos se volvieron, apuntando las carabinas.
Ocho puntos luminosos, con reflejos verdosos, que tan pronto se cerraban como se abrÃan, brillaban siniestramente en las tinieblas.