A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡Por Júpiter! —exclamó Yáñez, que habÃa recuperado su maravillosa sangre frÃa, ante el peligro—. Son los ojos de los tigres lo que brilla allá. Los gurús los han soltado, sin pensar que nuestras costillas son indigestas incluso para los señores de la jungla.
—¡De rodillas todos! —ordenó Sandokán, desnudando la cimitarra y sacando una pistola de cañón doble.
—¿Podrás resistir el ataque? —preguntó Yáñez.
—SÃ, hermano.
—Vamos a ver el pozo, Bindar. Asegurémonos ante todo la retirada.
—Despacha pronto —recomendó Sandokán.
—Sólo pido un minuto.
Corrió hacia la galerÃa con el indio, que llevaba una antorcha. El fragor, producido por el rÃo que corrÃa sobre los subterráneos de la pagoda, era entonces ensordecedor.
Bindar, que temblaba como si tuviera fiebre, se detuvo, tras recorrer usos veinte pasos, ante una vasta abertura circular, que no estaba defendida por ningún parapeto y en cuyo fondo se oÃa el sordo rugido de las aguas del Brahmaputra.
—Por aquà debemos descender —dijo—. Mira, sahib, hay incluso una escalinata.