A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Yáñez no pudo contener una mueca de disgusto.
—¡Por Júpiter! —exclamó—. No será un descenso muy alegre. ¿Estás seguro de que no dejaremos la piel en este abismo?
—Hace unas semanas que huyó por aquà una muchacha que los gurús habÃan secuestrado para convertirla en bayadera.
—¿Y consiguió salvarse?
—Te lo juro por Siva, sahib.
—¿Por qué han abierto este pozo los sacerdotes?
—Para lavar en él, sin ser vistos por ojos profanos, la piedra de salagram.
—Tú serás el primero que salte al agua. Quiero estar seguro.
—Prefiero salir por aquà que afrontar a los tigres —dijo Bindar.
—Y si…
Dos disparos de carabina, que retumbaron bajo las tenebrosas bóvedas como dos cañones, le interrumpieron.
—¡Ah! Los señores de la jungla —dijo—. Vamos a ver si están muy hambrientos. Cuando nos hayamos desembarazado de ellos, trabaremos conocimiento con las aguas del Brahmaputra. ¡Qué extraño! Esta aventura, aparte de algunos detalles, me hace pensar en la de las cavernas de Rajmangal.