A la conquista de un imperio

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Volvió rápidamente atrás, seguido del indio, y llegó a la sala subterránea en el momento en que sonaban otros tres disparos.

—¿Así que se han decidido a atacamos? —preguntó el portugués, sacando sus pistolas—. Pues yo también quiero participar; mis armas son de buen calibre y de fabricación angloindia, de lo mejor que hay.

—Temo que hemos malgastado las cargas —dijo Sandokán, que estaba de pie, detrás de los malayos y los dayaks arrodillados, junto a Tremal-Naik—. Estos animales son extraordinariamente prudentes, y no parecen tener prisa por saborear nuestra carne.

—La de nuestros hombres apesta demasiado a salvaje —dijo el portugués, que no perdía nunca su buen humor.

—¿Dónde están?

—Están delante de nosotros, pero cierran los ojos con mucha frecuencia, de forma que no podemos verlos bien —contestó Sandokán.

—Pues tenemos que darnos prisa. Pronto amanecerá y corremos el peligro de que lleguen los guardias del rajá. Vayamos hacia el pozo y, si nos siguen hasta allí, les daremos batalla antes de zambullirnos.

—¡En retirada, amigos! —gritó Sandokán.

Malayos y dayaks se levantaron rápidamente, dando siempre cara a los tigres, y retrocedieron en orden hacia el corredor que llevaba al pozo.


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