A la conquista de un imperio

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De vez en cuando, se oía en la oscuridad el impresionante rugido de los reyes de la jungla india.

—Ya estamos —dijo Yáñez, indicando el pozo a Sandokán.

—¡Qué oscuridad! —murmuró Tremal-Naik—. Confieso que el rumor de esas aguas no es nada agradable a mis oídos.

—No se puede escoger otro camino —contestó Yáñez—. Te toca a ti, Bindar.

—Sí, sahib —contestó el indio.

Descendió la escalinata sin manifestar la menor aprensión. Se oyó una zambullida; después nada.

—Ahora los demás, uno a uno —gritó el portugués.

Un malayo fue el primero, luego siguieron los otros. Sólo quedaban Sandokán, Tremal-Naik y Yáñez, cuando unos espantosos rugidos resonaron en la entrada de la galería.

—¡Los tigres! —gritó el bengalí.

—¡Ah!, ¡canallas! —gritó Yáñez—. ¡A buen momento han esperado!

Sandokán se adelantó con la cimitarra en alto y la pistola cargada. Brillaron dos relámpagos, que estuvieron a punto de apagar la antorcha que habían fijado en una grieta del revestimiento del pozo.


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