A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Una enorme masa atravesó el espacio delante del pirata de Malasia, debatiéndose desesperadamente y tratando de aferrarse con las patas anteriores.
—¡Ahà va el resto! —gritó Sandokán.
Su cimitarra silbó en el aire, cortando de un solo golpe el cuello de la fiera.
—¡Fuera! —siguió el valeroso pirata—. No eres digno de medirte con el tigre del archipiélago malayo.
Pero las otras tres fieras habÃan aparecido también, y no parecÃan nada impresionadas por el miserable fin de su compañero.
Tremal-Naik, que además de las pistolas tenÃa una espléndida carabina india, disparó contra el más próximo sin precipitarse.
El señor de la jungla dio un salto en el aire, lanzando una especie de rugido, y cayó al suelo para no levantarse más. HabÃa sido fulminado.
—¡Ahora tú, Yáñez, mientras cargo las pistolas! —gritó Sandokán, saltando atrás.
—Aquà estoy —contestó el portugués.
Además de las armas de fuego que llevaba colgadas del cinto, sacó el kris y se lo puso entre los dientes.
Los dos tigres avanzaron arrastrándose y gruñendo.