A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Entonces, salta al agua. Los tigres gruñen, pero no se mueven; y probablemente nos dejarán tiempo de irnos, nosotros también, sin demasiado riesgo. ¡Apresúrate!
El portugués se quitó las botas y la casaca; sujetó bien el kris, en el cinturón de los pantalones, aseguró el cofre y bajó la escalinata, diciendo a sus valientes compañeros:
—Nos veremos en nuestro subterráneo.
Bajó diez escalones, viscosos por la humedad, y se encontró ante un agujero circular en el que borboteaba la corriente.
—Preferiría ver algo —murmuró—. Pero ¡bah! Confío en mis propias fuerzas.
Levantó las manos y se precipitó en las oscuras aguas del Brahmaputra, desapareciendo en la galería sumergida.
Apenas se había zambullido, cuando un terrible rugido anunció a Sandokán y a Tremal-Naik que los dos tigres se habían decidido por fin a intentar de nuevo el asalto y vengar a sus dos compañeros.
—En guardia, Tremal-Naik —dijo el Tigre de Malasia—. Vienen con mucho ímpetu.