A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Apenas saltó al agua, Yáñez se puso a nadar vigorosamente, siguiendo la corriente, imaginando que solamente de aquella forma podrÃa encontrar el canal de salida y subir a la superficie.
Antes de zambullirse tuvo cuidado de llenarse los pulmones de aire, ignorando cuánto podÃa durar aquella inmersión bajo las últimas bóvedas del templo.
El cofre atado a su espalda le molestaba bastante, pero no desesperaba de volver a la superficie, seguro como estaba de sus fuerzas y de su habilidad de nadador.
Creyendo que habÃa pasado ya las bóvedas, trató de subir y, con un estremecimiento de terror, dio con la cabeza contra una masa resistente.
—Me parece que el asunto se pone serio —pensó, redoblando los golpes de manos y pies.
Ensordecido por el ruido de la corriente, que trataba de engullirlo, recorrió otros quince o veinte pasos y, sintiendo que no le quedaba aire en los pulmones, probó de nuevo a subir, ayudándose con dos vigorosos golpes de talón.
Su cabeza emergió esta vez sin encontrar ningún obstáculo. Ya no existÃan bóvedas y se encontraba casi en medio del inmenso rÃo, a más de doscientos pasos de la isla.
Aspiró una gran bocanada de aire y se tendió sobre la espalda para descansar un poco.
