A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Aún no habÃa salido el sol, pero las tinieblas empezaban a clarear. El alba no debÃa de estar lejos.
—Tratemos de alcanzar en seguida la orilla —murmuró—. Es mejor estar a salvo en el templo subterráneo antes de que sea de dÃa. Nuestros hombres ya estarán allà tal vez, a menos que hayan preferido esperarnos en la bangle. ConfÃo en que no hayan cometido la imprudencia de aguardarnos. ¡Bueno! Cuatro buenos golpes y atravesamos el rÃo antes de que haya luz y los sacerdotes del templo me descubran.
Vuelto de nuevo, se disponÃa a deslizarse en silencio entre dos aguas, cuando un choque repentino le hizo retroceder.
—¿Quién me ataca? —se preguntó—. ¿Un cocodrilo tal vez?
Sacó a toda prisa el kris y trató de permanecer inmóvil.
Casi en seguida vio erguirse ante él una fea cabeza aplastada, de dimensiones semejantes a las de un tiburón, con una boca anchÃsima, armada de gran número de dientes agudÃsimos, provista en los ángulos de unos largos bigotes que le daban un aspecto extraño.
—¡Por Júpiter! —exclamó el portugués—. Ya conozco a estas bestias y sé lo voraces que son. Pero no sabÃa que también en los rÃos de la India hubiera ballenas de agua dulce. En guardia, amigo Yáñez: son tan peligrosas como los cocodrilos.