Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa El tropel de jinetes pasó al galope delante de la casa de Talmá donde se le incorporó otro grupo, quedando para guardarla la servidumbre reforzada por los huéspedes que habÃan perdido su cabalgadura. Ya no se oÃan detonaciones y una gran calma imperaba en la estepa, tan sólo turbada por el ruido de los cascos. Sin duda los bandidos, después de haber hecho una demostración de hostilidad para confundir a los perseguidores, se habÃan dispersado. En menos de una hora el beg y su tropa llegaron a la aldea donde únicamente habÃan quedado las mujeres y los niños y defendÃan los viejos armados de mosquetes y cimitarras.
—¿Los «águilas»? —preguntó Giah Agha cuando estos lo circundaron.
—Desaparecieron, señor —informó un sarto de barba blanca—. Dispararon algunos tiros y siguieron rumbo al norte. Parece que no tenÃan la intención de asaltarnos.
—¿No viste a un mestvire con una «guzla» a la espalda?
—Hace media hora estaba aquà y apostarÃa a que no ha salido todavÃa del poblado.
—¿No siguió a los «águilas»? ¿Lo conocÃas de antes? —Esta es la primera vez que lo he visto y estoy seguro de que no se fue con los atacantes.
—¿Has oÃdo, Tabriz? —dijo el beg volviéndose al gigante.