Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —Sà y lo tomaremos vivo o muerto.
—¿Muerto?… ¡No; vivo, Tabriz! Ha de saber ciertamente muchas cosas y lo haremos hablar… —se dirigió a los hombres que lo habÃan seguido—. Ustedes rodeen la aldea y si el mestvire trata de huir lo prenden pero vivo… ¡Lo quiero vivo!
Los jinetes se diseminaron en torno de la aldea formando un cerco que nadie, por ágil y resuelto que fuera, hubiese podido atravesar. Una vez tomada esta precaución, Giah Agha con la colaboración de unos cincuenta entre jóvenes y viejos, se habÃa puesto a inspeccionar todas las casas una por una… El resto, ya lo conoce el lector, asà como la horrible muerte que sufriera el criminal romancero.