Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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Cumplida la ejecución del jefe de los «águilas de la estepa», el viejo beg seguido por Abei y Tabriz, fue a ocupar una de las mejores viviendas que los habitantes habían puesto a su disposición. Estaba de pésimo humor y en cuanto llegó se dejó caer sobre un tapete y se tomó la cabeza con las manos mientras el coloso blasfemaba entre dientes y el sobrino jugaba con los botones de su ostentosa casaca como si nada lo preocupase. Parecía muy poco afectado por la desgracia acaecida a su primo y el tormento impuesto al mestvire. La oscuridad había comenzado a invadir la habitación y el servidor encendió una vela de sebo colocada sobre una madera que pendía de la bóveda, que la llenó muy pronto de un humor denso y nauseabundo. El sarto es económico en cuestión de alumbrado: los pudientes usan ese combustible y los pobres se contentan con una mecha de algodón sumergida en aceite de mala calidad. Por lo demás, se acuestan temprano.

—Patrón —dijo Tabriz después de un rato de silencio—. ¿Los habrán alcanzado?… ¿No cree que ya podrían estar de vuelta?

El barbiblanco hizo un gesto de desaliento y suspiró:

—Me parece difícil… y temo que los veremos llegar con las manos vacías.


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