Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —¡Deben ser ellos patrón! —gritó Tabriz corriendo a la puerta—. ¿La traerán…?
El galope habÃan cesado pero afuera se oÃa un murmullo de voces. Segundos después apareció en el umbral Hossein cubierto de polvo, y con las facciones contraÃdas por un intenso dolor. El anciano fue a su encuentro y lo estrechó contra su pecho.
—¡Huyeron, padre! —dijo el joven sin poder continuar—. ¡Huyeron llevándose a mi Talmá! ¡Los miserables!… ¿Qué les habÃa hecho mi adorada?… ¡Ah, padre, tengo el corazón destrozado…!
—Sabremos encontrarla, hijo mÃo —lo reconfortó el viejo.
—¡Tal vez ya no viva, padre!… ¡Tengo sed de sangre… necesito matar…!
—¡Los destruiremos a esos malditos «águilas», te lo prometo, Hossein, aunque tenga que invertir en ello toda mi fortuna. Por lo pronto sabemos adonde se dirigen, y eso es mucho…!
—SÃ, a Katib.
—No, te engañas: a Samarkanda. Me lo dijo el mestvire, que era un espÃa de los bandoleros y a quien le apliqué el castigo del yeso.
—Ese vil te ha mentido, padre.
—¡Pero no! —intervino Abei que simulaba estar consternado—. Lo confesó antes de morir, primo.