Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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Mientras la comitiva se acomodaba en un inmenso local destinado a servir de hospedaje a las caravanas provenientes de la estepa, Abei, después de haber rechazado una escolta, se dirigió lentamente a la ciudad. Sobre una pequeña altura se destacaba la ciudadela protegida por cuatro reductos y por terraplenes almenados.

—Es más probable que se encuentre allí, rodeado de sus cañones —musitó Abei sonriente—. ¡No te imaginas la partida que voy a jugarte, querido primo!… ¡Te aseguro que mis thomanes van a estar bien empleados!

Aunque ya no se produjesen descargas más allá de las huertas, la inquietud de la población estaba lejos de calmarse. Pelotones de gente armada recorría las callejuelas y de las terrazas se seguía tirando al acaso. También de la ciudadela disparaban los cañones consumiendo municiones inútilmente, y desde los minaretes se desgañitaban los almuecines clamando con voz estridente:

—¡A las armas, hijos de Allah! ¡En nombre del Profeta, de Alí y de Hussein! ¡Muerte a los infieles!

Abei seguía trepando por las angostas vías y los tortuosos senderos que llevaban a la ciudadela sin preocuparse de toda esa alharaca y girando la mirada en torno para ver de descubrir a alguno de los bandidos que Hadgi debió dejar.


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