Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa No pudo terminar: se oyó una segunda detonación y el gigante, herido en la espalda, cayó al lado de su señor… ¡Pero había visto la mano que había disparado! En el mismo instante Abei, que había saltado sobre su farsitano, gritaba con voz tonante:
—¡A montar!… ¡Carguen!…
Quince hombres, entre ellos los «águilas» de Hadgi, habían respondido a la orden lanzando el grito de guerra:
—¡«Uran»! ¡«Uran»!
Y como un hato de demonios se arrojaron con incontenible impulso sobre los rusos que ocupaban las márgenes del barranco y les cayeron encima en forma tan brusca, que para no ser aplastados se apartaron desordenadamente, sin intentar hacerles frente. Los audaces jinetes esteparios pasaron como una flecha y desaparecieron tras las altas hierbas saludados por una última pero tardía descarga.