Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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—¿Quién va a sospechar de dos pobres loutis que se ganan la vida haciendo bailar a monos amaestrados? Ni Hossein ni Tabriz podrán reconocernos; estaban demasiado ocupados en la lucha para poner su atención en nosotros. Además, estamos bastante bien disfrazados… ¡Patrón, otra taza!

Este diálogo tenía lugar en uno de los tantos cabue-cabué de Kitab, pequeños cafés donde se reúnen diariamente los desocupados para saborear una taza de la aromática infusión; jugar al ajedrez o a las damas; escuchar las historias contadas por algún mestvire o fumar un narguilé. Eran dos auténticos tipos de bribones: el uno no mayor de veinte años y el otro de doble edad, barba hirsuta y una horrible cicatriz que le cruzaba la cara pasando entre la nariz y los labios. Ambos vestían ropa desgarrada, cubrían la cabeza con gorros persas y llevaban en la mano fustas de mango corto. Cuando terminaron la segunda taza de café, Karawal, el de la cicatriz, tocó con el pie el de su compañero y le murmuró en voz baja:

—¿Has comprendido cuál es mi plan? Como tu inteligencia es muy corta, tendré que repetírtelo… ¡Nunca llegarás a nada, hijo mío!

—Soy muy joven, Karawal.

—A tu edad yo era un bandido perfecto y robaba caballos, camellos y carneros casi bajo las miradas de los pastores.


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