Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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Pagaron y abandonaron el cafetucho detrás del cual, bajo un improvisado cobertizo, se hallaban dos cuadrumanos de medio metro de alto con colas de veinticinco centímetros, cuerpo macizo de pelo verdoso y la cara del color del bronce. Procedían de las montañas de Cachemira y podían soportar el frío por su hábito de vivir en la altura, pero eran agresivos y difíciles de domesticar. Los dos cofrades los desataron y llevándolos por las cadenas se alejaron velozmente, pese a la resistencia y chillidos de protesta de los animales. La ciudad de Kitab todavía estaba trastornada; los rusos vivaqueaban en la plaza y las calles principales y la gente prefería permanecer en su casa a pesar de la orden impartida por el general a su ejército, de no molestar a la población. La atravesaron en menos de media hora y llegaron a la puerta de oriente donde los rusos, bajo grandes tiendas y vigilados por un doble cordón de centinelas, habían concentrado a los prisioneros que serían conducidos al día siguiente a Bukara, donde se encontraba el emir. Escalaron un muro y se dejaron caer en un huerto abandonado por sus dueños, abrigándose debajo de un granado.

—Aquí estamos como en nuestra casa; nadie vendrá a molestarnos mientras los rusos no regresen a Samarkanda —dijo Karawal—. Es un puesto excelente para vigilar a los prisioneros.


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